Retrasos, o el triste estado del mercado cinematográfico venezolano
miércoles, septiembre 09, 2009 | Etiquetas: cine, Internet, ir al cine, opinión, piratería |
El 4 de septiembre se supone que iba a ser un día importante para mí. Ese era el día cuando una de las películas que más he estado esperando, District 9, sería estrenada en nuestro país, apenas dos semanas después de su estreno en EE. UU., donde ahora lleva recaudados 100 millones de dólares (de un presupuesto de 30). Luego, esperaba impaciente por octubre, donde la otra película que yo ansiaba ver, Where The Wild Things Are, llegaría, al igual que Drag Me To Hell y una encantadora película independiente que fue mi mayor sorpresa al ver que la estrenarían aquí, Los Hermanos Bloom. En fin, el 4 de septiembre corro al periódico –y no hay District 9 a la vista. ¿Qué pasó?
Entro en la página de Próximos Estrenos de Cines Unidos a ver cuál era el misterio. Y veo con horror –lo siento, no hay otra palabra— que ha habido un intenso “shuffling”. Como pueden ver, District 9 ahora será estrenada el 16 de octubre; DMTH se mantiene el 30 de octubre (obvio, es Halloween; pero tengan en cuenta que esa película es de junio); Los Hermanos Bloom fue pasada al 13 de noviembre; y oh my God, Where The Wild Things Are ahora está pautada para el 22 de enero (coño, antes estaba para el 4… o sea que la retrasaron aún más). Hay algunas que se mantienen (Avatar, otra muy esperada, sigue pautada para el 18 de diciembre, la versión de A Christmas Carol de Robert Zemeckis para el 6 de noviembre), pero hay otras que ni señal, como son Inglourious Basterds de Quentin Tarantino o la nueva versión de Sherlock Holmes de Guy Ritchie.
Ya me he quejado antes de lo duro de ser cinéfilo en el país, pero creo que lo duro que resulta ver películas distintas (o al menos buenas) es un reflejo de lo mal que estamos como sociedad (que no como país).
Obviamente está el hecho que la piratería domina el mercado. 80% del cine que se ve del país es de su amigable buhonero de la esquina. Y la estúpida cuña del “20 super pirata” no está ayudando para nada. Hasta yo me burlo de ella por lo poco que está ahciendo por ayudar. Sin embargo, la última vez que la vi, una tipa al lado mío comentó “¿Tú sabes cuántas películas compras por el precio de una entrada?”
Yo veo películas en mi casa. Pero como también dije antes, ir al cine es mucho más que ver la película. Es verla como se diseñó para ser vista. Es sentir la experiencia de ver una película con un grupo grande, con un público grande, una experiencia que es imposible reproducir en casa. Por supuesto, la mayoría sólo quiere ver la película –o en algunos casos, no dejar que los demás la vean, por lo visto.
Luego está el hecho que nuestro gobierno –ni el anterior y estoy casi seguro que el siguiente— ha hecho nada por ir en contra de la piratería. Sabemos las razones obvias. Y sinceramente, además, creo que es imposible distinguir entre los que las venden por ganarse el pan y los auténticos bucaneros que lo que hacen es trabajar con las mafias que se roban las películas directo de las distribuidoras. La idea no es maltratarlos, por supuesto, pero están en contra de la ley de todas maneras.
La peor razón, como ya me han dicho, es lo difícil que se ha vuelto adquirir dólares para traer las películas. ¿Qué debería prelar, alimentos o el cine? Miserable control de cambios… Y en un mercado donde no garantizas que tu película tenga un lleno absoluto por algunas semanas –¿Qué Pasó Ayer? sigue fuerte luego de tres semanas de estreno, afortunadamente— no puede haber mucho incentivo para traerlas de todos modos (¿recuerdan cuando les comenté que Hostel, de Eli Roth, no fue estrenada en México porque ya se encontraba en las calles?).
Y ahora este retraso tan vulgar significa que cuando en efecto se estrene cualquiera de ellas, igualito se podrá conseguir pirateada donde sea, incluso por Internet, vista en una humilde pantalla de computadora pero vista al fin. Que al final, eso es lo que interesa, ¿no? ¿Para qué tener interacciones con auténticos seres humanos? ¿Que hay idiotas que no te la dejan ver? Siempre los habrán. ¡Seamos todos ermitaños! ¡Dejemos el contacto humano de una vez!
Lo peor de todo esto es que sé que no me queda otra más que esperar. Respetar el cine, algo que amo con pasión y locura, es una cuestión de principios. Lo reitero: dejar de ir al cine está mal. Perder el contacto con la sociedad está mal. La piratería está MAL.
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Jorge Gomez Jimenez · hace 810 semanas
La piratería aquí ya ha pasado a ser un rubro comercial. Tiene años. Recuerdo las arrecheras que me agarraba cada vez que iba a alquilar una cinta de Beta, y después de VHS, y la película me salía pirateada pero por un pirata bien pirata. Imagínate, pagar una suscripción a un videoclub, pagar multas si no devuelves las películas a tiempo, trasladarse al sitio, toda la cosa, y que cuando pongas la película en tu televisor tienes que esperar que se sienten todos los panas que llegaron tarde de comprar sus cotufas.
Lo del síndrome del ermitaño es un problema mayúsculo. Al menos para mí. Fui a ver The Hangover tras tu entusiasta recomendación, que agradezco. Gran película. Además fui en un día y a una hora en que el cine estaba concurrido, el martes a las 6:35 pm. Había puestos de sobra en la parte que me gusta, arriba y al centro. Me senté delante de una parejita. Empezaron las propagandas. El tipo hacía comentarios en voz muy baja, comentarios gratos, muy inteligentes, sobre las películas que anunciaban. Provocaba voltearse, tener una agradable conversación y de paso bucearse a la chica.
Ah, pero empezó la película y el tipo se convirtió en el mostro. Empezó a contarle a la chica todo lo que iba a pasar. HdP. La caraja ni hablaba, supongo que estaba tan hastiada como yo. Cuando apareció por primera vez el pana dentista, el tipo dijo algo como: "Esta es la otra rata, este es el peor". ¡HdP! Me volteé, le lancé la clásica mirada Schwarzenegger, le dije "Hasta la vista, baby", agarré mis cotufas y mi Nestea y me fui dos filas más abajo. Disfruté el resto de la película tranquilamente, pero ya el tipo me la había estropeado pues gracias a él ya sabía que el dentista era "el peor".