La vie en rose: La tragedia de una vida vivida en pleno

sábado, mayo 03, 2008 |

Con la cantidad de películas biográficas (biopics) sobre artistas que han salido en los últimos años --Ray, Walk The Line, El Cantante-- es sorprendente que la gente aún quiera entrar en el mundo del espectáculo. Uno pudiera clasificar estas películas --o las vidas que muestran-- en dos grupos: subo de la nada a conseguir fama y fortuna para caer en desgracia hasta encontrar la redención, o subo de la nada a conseguir fama y fortuna para caer duro en desgracia y nunca más alzarme. Ray (del cantante de soul Ray Charles, que le dio un Oscar a Jamie Foxx) y Walk The Line (del cantante de country Johnny Cash, con Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon) caen en la primera; El Cantante (vida del salsero Héctor Lavoe, con Marc Anthony y Jennifer López) y la que nos ocupa ahora, La Vie En Rose, caen en la segunda. Pero ni se les ocurra comparar el débil pero bien intencionado intento de la López y su esposo con la pieza de arte que es La Vida en Rosa. La primera será un lejano recuerdo para la semana que viene (si no lo es ya); esta pertenece al panteón de los clásicos.

La cantante Edith Piaf fue --y quizá aún es-- el mayor icono musical de Francia. Una voz portentosa que cantaba con suficiente desgarro como para sacar lágrimas al más duro conquistó a las masas de ambos lados del Atlántico. Pero su enorme talento vino acompañado de una vida de golpes y excesos que hicieron estragos en su ya frágil humanidad: medía apenas 1,47 m, sufrió de ceguera y sordera temporal en su infancia, y vivió en la calle prácticamente hasta los 25 años. Fue abandonada por su madre, una cantante de calle, y dejada al cargo de su abuela, quien era madama en un prostíbulo, hasta que su padre la usó en su acto de calle. bebía como un cosaco y era adicta al opio y a la cocaína, lo que la llevó a una temprana muerte por cáncer hepático.

La vida de Edith Piaf fue una montaña rusa, de modo que una película que nos llevase del punto A al punto B quizá no le hubiera hecho justicia. Sí lleva una línea de narración, pero el director y
guionista Oliver Dahan prefirió alternativamente ir de atrás hacia adelante sin ningún bache en ese camino, quizá en un intento de explicar las consecuencias de ciertos acontecimientos, y enfocarse en la diva, en ella sola; el resto de las personas en su vida sólo están allí para ser pinceladas en ese cuadro que era su vida.

No hay sino los hombres que más la tocaron, como su padre (Jean-Paul Rouve), su amante, el boxeador Marcel Cerdan (Jean-Pierre Martins) y quien la descubrió, Louis Leplée (un magnífico Gérard Depardieu; menos mal que se está olvidando de Hollywood), y quien la pulió para la fama, el compositor Raymond Asso (Marc Barbé). De resto, son rostros atrapados en el remolino de su vida. Falta notablemente una relación más cercana con el escritor Jean Cocteau, quien murió al día siguiente que ella, supuestamente de tristeza de perderla. Pero eso es para quienes lo sabemos; los que no igualmente están listos para una película de lúgubre belleza.

Toda la película tiene un aire sombrío y triste, aún los raros momentos de felicidad de la cantante, pero es como un choque de trenes que uno está imposibilitado de dejar de ver. (El título del film es de una de sus canciones más famosas; el título original en francés es La Môme, o "la niña", que era como le decían a la cantante: la môme piaf, la niña gorrión.)

Toda la película, sin embargo, reside en los hombros de la extraordinaria Marion Cotillard. Creo que el haber visto la premiación de los Oscar este año antes de ver este película, pues me causó un impacto enorme ver a una joven y muy atractiva actriz recibir el premio a la Academia convertida, primero, en una joven diva y luego en una anciana prematura. El trabajo de maquillaje es casi tan justificado como el Oscar a Cotillard, quien ayudó afeitándose la línea capilar y sus cejas para parecerse aún más a Edith Piaf. Pero la humanidad, honestidad y desgarradora tragedia de la vida de la cantante es perfectamente reflejada en la joven actriz: una escena en particular, en que sabe de la muerte de uno de sus (múltiples) amantes, yo la comparo con la escena de furia en Der Üntertag, la película de la caída de Hitler, donde yo me convencí que al actor Bruno Ganz le daría una embolia. Aquí estoy esperando a ver a Cotillard a lanzarse por el balcón, pues no hay manera de ocultar su dolor, su angustia, su pérdida. Simplemente perfecta.

La película está siendo mostrada como parte del Festival de Cine Francés, y también está en DVD, y cualquiera lo justificaría. En la sala pueden apreciar toda la grandilocuencia de la vida de esta mujer; en su casa pueden gozar de la intimidad de su carácter. Aunque quizá ustedes hagan, como los que compartían la sala conmigo, que aplaudieron cuando terminó. Es un magnífico relato con una actuación para la historia. Bellísima.

Mientras tanto, en Internet...

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