La 69a. entrega de los Globos de Oro sólo tuvo una cosa clara: la gente se tomó muy en serio el significado erótico de ese número. La cantidad de chistes fálicos debe haber tenido a los censores de NBC bien nerviosos –y la mayoría (o el más incómodamente cómico) ni siquiera salió de la boca de Ricky Gervais.
De resto, a diferencia de otros años, los resultados no dejaron ningún claro favorito que sirva predecir con precisión la entrega del Oscar en febrero. Sí, hay algunos claros favoritos (por aquello de que Meryl Streep es ETERNA favorita), pero por primera vez en mucho tiempo, la entrega de premios reflejó adecuadamente (en su mayor parte) lo que ha sido este año: lleno de buenas películas, sin una que se destaque por encima de los demás.
Antes de entrar de lleno en los ganadores del cine, quiero hacer mención a estos premios en televisión que fueron algunas de las sorpresas más agradables que he visto.
Kelsey Grammer, mejor actor, serie dramática, The Boss. ¿Sabes qué es difícil? Que un actor logre superar el personaje que lo hizo famoso. ¿Sabes qué es más difícil? Que triunfe después de dicho personaje. Todo el mundo ha hablado maravillas del nuevo papel del adorado Frasier, un amoral alcalde de Chicago que está lidiando con una enfermedad degenerativa decidido a mantenerse en el poder (¿el cable de aquí cuando, a ver? ¿O tengo que seguir confiando en torrents y Netflix?). Considerando todo por lo que Grammer ha pasado en su vida, es genial que el hombre esté triunfando otra vez.
Claire Danes, mejor actriz, serie dramática, Homeland. Más que por la actriz o por el programa (un intenso thriller de los mismos productores de 24, sobre una agente de la CIA que investiga a un veterano de Irak que podría o no ser un doble agente), que ya con este triunfo se consolida como el mejor show nuevo de 2011, me alero porque confirma que mi amiga Carmen tiene razón. :)
Peter Dinklage, Mejor Actor Secundario, serie dramática, por Game of Thrones. Lo mejor en una serie que tiene todo de lo mejor, Dinklage bien puede ser uno de los premios más obvios sin dejar de ser merecidos de la noche. De por sí que el personaje de Tyrion Lannister es uno de los mejores creados en la literatura, en mi humilde opinión, Dinklage le inyecta una humanidad y un sentido del humor tan único que es razón suficiente para ver el programa. Aunque como ya dije, Game of Thrones tiene tantas cosas buenas que no necesitas una razón: vela y ya. Abril, llega pronto.
(Mención especial a Matt LeBlanc que ganó en el renglón de serie cómica por interpretar a una versión de él mismo en la comedia Episodes. Los años le han caído bien, y también está superando a Joey.)
Mejor Película Comedia o Musical: The Artist. Desde que se estrenó en Cannes, esta podría ser el único premio obvio de la noche (lo siento, Medianoche en París). ¿Que la nostalgia no juega siempre un papel en los premios? ¿Qué puede ser más nostálgico que una película muda homenaje a las películas mudas? De paso, con tres ganadas (Actor, Película y Banda Sonora) Y premios extra por (a) una conmovedora historia del productor Thomas Langmann sobre cómo su padre, Claude Berri, no pudo costearse el viaje a los EEUU cuando el Oscar a Mejor Cortometraje en 1965, y (b) un adorable Jack Russell que hizo cabriolas en el escenario y babeó a más de uno.
Mejor Película Dramática: The Descendants. La única contendiente seria para The Artist (por mucho que me gustó Moneyball, por mucho que amaré Hugo, por mucho que War Horse sea obvia a ser nominada) es la nueva de Alexander Payne, sobre un abogado (George Clooney) que debe lidiar tanto con la venta de unos terrenos de la familia como con su propia situación familiar. Dudo mucho que le gane a la muda, pero esto la pone a la par de la última de Payne, Sideways: una “indie” de calidad que merece estar entre las grandes. ¿Pero cómo competir con ese perrito?
De izq. a derecha: los productores Jim Taylor y Jim Burke y el director y productor Alexander Payne
Mejor Actor, comedia: Jean Dujardin, The Artist. Estamos hablando de un actor absolutamente desconocido el año pasado fuera de Francia, hasta que ganó en Cannes como mejor actor. ¿Tenemos a otro Christoph Waltz en nuestras manos? Su discurso fue absolutamente encantador y divertido, y hasta inspirador. Si la cosa va entre él y Clooney, hay una pelea cuerpo a cuerpo por el actor más carismático que vaya a ganar. El único que podría medio darle una pelea es Michael Fassbender por, bueno, cualquier vaina que el tipo haga; el problema es que a Shame no la vio nadie.
Mejor Actor, Drama: George Clooney, The Descendants. ¿Ven lo que les digo? Aprovecho un comentario para comparar el paralelismo entre Clooney y su amigo Brad Pitt: son tan miserablemente buenmozos que la gente se olvida que son auténticamente talentosos. Clooney quizá no la ha tenido tan difícil, quizá por su trabajo en ER, quizá porque es imposible que el tipo te caiga mal. Pero en un año en que Leo DiCaprio no convenció imitado a J. Edgar Hoover, en que Michael Fassbender se destaca es en películas que nadie ve (Shame, A Dangerous Method) o que la Academia no se toma en serio (X-Men: First Class) y Ryan Gosling es nominado por la que no es (y dudo que Oscar corrija eso), la cosa va a quedar entre él y Dujardin el 26 de febrero.
Mejor Actriz, Drama: Meryl Streep, The Iron Lady. Este fue uno de esos premios con los que, por mucho que amo a la Streep, no estoy de acuerdo. Digo, esta mujer es una institución, y puede ser lo único salvable en muchas películas, incluso un desastre como esta historia sobre Margaret Thatcher. Pero esto suena a algo que la Asociación de Prensa Extranjera hace mucho: premia o al obvio o al que está de moda. Sí, Streep nunca ha hecho una mala actuación en su vida. ¿Pero que Viola Davis no se merece un premio de una buena vez? ¿O Tilda Swinton, con su extraña imitación de David Bowie de anoche? ¿O hasta Rooney Mara, la nueva Lisbeth Salander? El hecho que Streep y Davis son obviamente muy amigas va a hacer la carrera hacia el Oscar aún mejor que del lado de los hombres. Eso sí: el intento en vano en llevarle a la gran dama sus lentes para que leyera su discurso de aceptación –que terminó siendo muy bueno igual— fue uno de los puntos altos de la noche.